
Preparar los ingredientes:
Pela los langostinos dejando la cola si deseas una presentación más vistosa. Sécalos muy bien con papel de cocina para evitar que suelten agua al freírlos.
Freír los ajos:
En una cazuela de barro (preferiblemente), añade abundante aceite de oliva y, con el fuego medio-bajo, incorpora los ajos laminados.
Cocina despacio hasta que empiecen a dorarse ligeramente, sin que se quemen. Añade las guindillas (enteras o cortadas si quieres más picante).
Saltear los langostinos:
Cuando los ajos estén dorados, sube el fuego al máximo y añade los langostinos.
No los tapes y cocínalos apenas 1–2 minutos por cada lado. Deben quedar jugosos, no pasados.
Toque final:
Añade una pizca de sal fina, espolvorea perejil fresco picado y remueve con cuidado para que se integren los sabores.
Servir caliente:
Lleva la cazuela a la mesa todavía chispeante —esa es la magia del ajillo—.
Acompaña con pan para mojar en el aceite aromatizado con ajo y guindilla.
Si los langostinos son grandes, corta la cocción unos segundos antes: se terminarán de hacer con el calor del aceite.
Puedes añadir unas gotas de limón justo antes de servir para realzar el sabor.
Usa siempre cazuela de barro, que mantiene el calor y da ese toque tan auténtico.
Las gambas o langostinos al ajillo son un clásico de la cocina española, originario de los bares y tabernas madrileñas.
Sencillos, rápidos y siempre irresistibles, se sirven tradicionalmente en cazuela de barro, bien calientes y con su característico aroma a ajo y guindilla.
4
500 g de langostinos (pueden ser frescos o descongelados, bien secos)
6–8 dientes de ajo, en láminas
1–2 guindillas secas (al gusto de picante)
Aceite de oliva virgen extra (unos 100 ml, medio dedo de altura en la cazuela)
Perejil fresco picado
Sal fina al gusto
💡 Opcional: un chorrito de vino blanco si quieres un toque más aromático.
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