
Hay recetas que no necesitan presentación ni técnicas modernas.
Solo necesitan respeto, buen producto y memoria.
La morcilla de Fuenteandrino es uno de esos productos únicos que representan la cocina de pueblo, la cocina de verdad. En esta entrada te enseño dos formas tradicionales de prepararla, tal y como se hacía antiguamente en casa:
una encebollada, suave y melosa, y otra entera, crujiente por fuera y tremendamente jugosa por dentro.
Una preparación sencilla, perfecta para el invierno y para disfrutar sin prisas.
Pocha la cebolla en juliana a fuego lento con un poco de aceite y sal.
Corta la morcilla en rodajas gruesas y pásalas ligeramente por harina.
Añade la morcilla a la sartén con la cebolla, dorando con cuidado.
Cocina a fuego suave, tapa un par de minutos y deja que se integren los sabores.
Sirve sobre la cebolla bien caliente.
Dora la morcilla entera en aceite templado, vuelta y vuelta.
Retira del fuego y añade un vaso de agua de golpe.
Tapa y deja hervir suavemente unos 5 minutos.
Sirve entera o abierta, con pan abundante.
Resultado: piel crujiente y un interior extremadamente jugoso.
Usa siempre aceite suave, no virgen extra.
No tengas prisa: la morcilla agradece el fuego tranquilo.
Acompaña con pan… mucho pan.
4
1 morcilla de Fuenteandrino (o similar, de buena calidad)
2–3 cebollas grandes
Harina (para enharinar ligeramente)
Aceite de oliva suave
Sal
Agua
Pan (imprescindible)
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